Me gustaba ser hogar donde sostener
tus miedos.
Emborracharnos despacito
y hacer trinchera en nuestros besos.
Quise formar parte de todo lo tuyo
con lo mío.
No sé si era amor, pero ardía como
si lo fuera, y ahora tu fantasma tiene
la costumbre de sentarse a mi lado
y hablarme al oído.
Ya no es un susurro rompiendo
la noche, ni mi mano soltando
el tirante de tu blusa.
Pero reconozco esa voz,
tan dulce y fiera a la vez.
Siempre sabes encontrarme,
aunque no me necesites.
Y yo dejo la puerta abierta
para que el mundo tenga sentido.
Para que entren la luz
y los amigos,
para que el miedo aprenda
a vivir sin tu espalda.
Para que algo de tu risa
siga respirando en cada objeto.
Tu ausencia es mi forma de permanecer.
Ensayé la forma de ser hogar sin nadie,
pero aún llevo tu mundo
en cada gesto.
Y en esta deriva, insistente
como una lluvia fina,
todo se acomoda con la precisión
con que tu nombre
sigue volviendo a mi boca.
Añadir comentario
Comentarios