Cada vez que te abrazo
olvido quedarme con el molde
de tu cuerpo.
Y eso me entristece.
O te beso el rostro y desoriento
a mis instintos,
que se estrellan en las comisuras
de tus labios de seda.
De sed.
Deseo.
Me he quedado en este bucle
que tiende al infinito y se alimenta
con segundos inesperados,
congelados en una forma
de ataraxia consciente.
Un premio de consolación
a quien perdió por penaltis
la final más importante de su vida.
Si te digo que un día he de morir,
¿vendrás?
Tú que has visto la muerte tantas veces
y sabes sosegarla.
Ya no te cuento al oído
las veces que derribas la pared
de mis sueños
en esta cama pequeña.
Me pregunto si cabríamos
en ella y cómo sería
dormir contigo sin precipitarnos
por los límites de sus sábanas gastadas,
casi infantiles, que apenas llegan
a cubrir mi cintura y tu pecho.
Es tarde, y no sé cómo acabar este poema
sin asesinarme.
Esta intriga de luces amarillas
e insectos salteadores
me empuja a imaginar finales
que nunca quise escribir.
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