Publicado el 21 de abril de 2026, 12:12

Cada vez que te abrazo

olvido quedarme con el molde

de tu cuerpo.

Y eso me entristece.

 

O te beso el rostro y desoriento

a mis instintos,

que se estrellan en las comisuras

de tus labios de seda.

De sed.

Deseo.

 

Me he quedado en este bucle

que tiende al infinito y se alimenta

con segundos inesperados,

congelados en una forma

de ataraxia consciente.

Un premio de consolación

a quien perdió por penaltis

la final más importante de su vida.

 

Si te digo que un día he de morir,

¿vendrás?

Tú que has visto la muerte tantas veces

y sabes sosegarla.

 

Ya no te cuento al oído

las veces que derribas la pared

de mis sueños

en esta cama pequeña.

Me pregunto si cabríamos

en ella y cómo sería

dormir contigo sin precipitarnos

por los límites de sus sábanas gastadas,

casi infantiles, que apenas llegan

a cubrir mi cintura y tu pecho.

 

Es tarde, y no sé cómo acabar este poema

sin asesinarme.

Esta intriga de luces amarillas

e insectos salteadores

me empuja a imaginar finales

que nunca quise escribir.

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