Nunca tuvimos el otoño para cobijarnos de la vida.
Descubrí tu cuerpo en invierno bajo las mantas
de una cama minúscula, al sonido de piel con piel.
En primavera afloraron tus miedos antiguos
y yo regaba de besos tu vientre,
para conjurar tristezas y soledades.
El verano fue el epílogo de una despedida triste,
con aeropuertos y silencios que nos desterraban
del edén imaginado.
Y pesa tanto el rastro de las veces que te amé,
quedó mucho inventario por repartir,
las tardes de viernes conquistando cada pliegue de tu alma,
caricias y chocolate para despertar bajo una lluvia protectora,
la invasión de perros y gatos en la habitación reclamando
su pedazo de amor verdadero.
Nos cercará la muerte a ambos, ya lo hace cada día
desde que no revuelves mi pelo y yo no abrazo tu sueño.
Vendrá ese momento y seguirás en mí,
como un buen presagio que nunca fue nuestro.
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