Me lo habías advertido, «me puede la oscuridad»,
y yo imaginé sombras chinescas con forma de animales
lamiendo cada uno de tus tatuajes.
O un cuerpo contra cuerpo con las luces apagadas,
desatando el lado más salvaje de los dos.
Y algo hubo de todo eso,
pero esas brumas de las que hablabas
eran más profundas que mi imaginario
del deseo.
Había cicatrices completando la curva
de tu pecho, como un legado inevitable
de la entrega sin condiciones.
Había noches de insomnio amamantando el sueño
del mañana, y un gusto amargo en cada sorbo
de cerveza que mojaba tus labios.
Y esa inmensa tristeza que tratabas de esconder,
sosteniendo las grietas de un seísmo inminente.
La tormenta perfecta de tu vida.
Te pude arrancar algunas risas, y también
la ropa. Gané minutos ante el momento aciago
de la despedida.
No te fuiste del todo, tampoco te quedaste.
Pero tu oscuridad eclipsó todos mis sentidos,
y a tientas he de terminar este poema.
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